Una crónica sobre la necrofilia del poder, la locura nacida del duelo y el macabro ascenso al trono de quien ya no habita entre los vivos.
El trono espera en la penumbra del altar un cuerpo inerte que el tiempo no pudo ocultar. Pedro reclama lo que el hierro le arrebató un amor marchito que la muerte no devoró.
Besad la mano de la que ya no respira sentid el frío de la muerte que os mira. Seda y gusanos en su manto de esplendor la reina cadáver reclama su honor.
Lágrimas rojas en la fuente del dolor donde los verdugos perdieron el corazón. Arrancó del pecho la vida de aquel traidor cobrando en sangre el precio del dolor.
Corona de oro sobre sienes de ceniza una mirada que el espanto eterniza. Jura ante el cetro de la gran desolación que no habrá olvido, solo condenación.
El mármol se agrieta con el peso del ayer en el abismo de un macabro renacer. No hay paz en la tumba, ni luz en el perdón solo el latido de un reino en destrucción.